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Fragmento de su último libro "El cansancio de los materiales", 2001
No deberíamos ser más astutos que la vida. Advertir la trampa
suma a la caída, la humillación
ahora la botella impregna la mesa con su sombra angosta.
Tardaré en alzar el plato. La comida fue escasa y las sobras en el mantel me tranquilizan.
Los días se saturan de estos detalles. Es la sumisión del cautivo
imágenes de vicios:
el cigarrillo que se consume a un costado de la boca
o la mínima felicidad que inspiran las tazas acomodadas en el estante.
Recoge el telón sobre tus hombros, el cabellos en trenzas sobre tu nuca. Que los pequeños lunares sean el estrellado cielo de la Osa Menor sobre la tierra helada
que el consuelo sea un relato de encaje tirado sobre tu corazón
tan esquivo es el aire que pide la boca
los ciclistas atraviesan la calle como un perfume de almendras quemadas oscurecen el fondo de un pocillo
y es zozobra el pañuelo que agita el viento en la garganta.
Lo cómico es siempre una torción de tragedia, un cambio en su velocidad.
Uno de los ciclistas cayó en el asfalto y a la mancha de aceite se la ve brillar desde la altura
rezagos el tobillo parece sangrar
y otra mancha humedece la mancha de aceite que brilla.
Es perdido el cielo tras las nubes oscuras
y sin elegancia, incómodo, el ciclista vuelve a escapar en la calle vacía.
He perdido mi piloto en otro invierno
el agua se inquieta y la figura de piedra se inclina a beber en la plaza oscura.
Imágenes descoloridas agitan la ventana, como en la pantalla de un cine de rovincias
aquella vez, en el trópico, con mi tía bajo un paraguas,
viendo “El bebé de Rosmarie” en el aguacero que repetía sus golpes de pequeño martillo de joyero en una función al aire libre
provincias perros de ojos azules y las baldosas rojas de los patios
un paisaje de crímenes consumados
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